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EL MISMO FÚTBOL, LA MISMA LLUVIA

EL MISMO FÚTBOL,
LA MISMA LLUVIA

 

Entramos en la era del VAR, que no del bar como quisiéramos muchos, con la tecnología que pasa de largo sin saludar y las polémicas del día después saldadas con la inapelable precisión de las máquinas.


El error humano irá a parar al mismo baúl en que se llenan de telarañas las gorras que usaban los porteros, los asientos de madera, las manillas del Pibe Valderrama y los botines negros. No hay melancolía en el recuerdo sepia de la historia del fútbol: tan solo la constatación del paso del tiempo y la necesidad de asumir los cambios. Antes fue la aparición de las tarjetas, la prohibición de usar anillos y cadenas, el requisito de llevar canilleras o la prohibición de fumar en los banquillos. Nada de eso, pese a los agoreros del momento, le ha quitado ningún atractivo al fútbol.

 

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Además, tan generosa como siempre, la propia dinámica del fútbol nos permite recuperar su esencia más noble: la recuperación de los idealizados recuerdos de la infancia. Entre ellos, la imposibilidad de abstraerse al atractivo que suscita un partido disputado bajo la lluvia. Son las tardes en el barrio o en el colegio, jugando pese a las advertencias maternales y con la certeza de una reprimenda inminente. Nada de eso importaba cuando, con el agua en el rostro, corríamos como si estuviéramos en un campo de batalla. Replicábamos las acciones de nuestros ídolos futboleros que nos habían enseñado que el fútbol bajo la lluvia nos daba estatus de guerreros, gladiadores o aguerridos pendencieros. La rudeza, la valentía, la determinación de triunfar más con las ganas y la intención, que infundía la camiseta empapada y el prado marrón, que con buen juego.

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Se abría la puerta a los errores, al desorden, al ir al suelo por ir al suelo, al correr y sentirse eterno, a la dinámica de lo impensado, que llaman algunos, a las barridas, los deslices y las faltas que no eran faltas. El encanto y el hechizo de un partido que se definía no por el juego, sino por algo más. Una contingencia que solo podía surgir del agua: una caída, un balón que se escapa de las manos del portero, un charco que impide avanzar, una piedra de granizo que cae en la cara.

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Pero ahora, esos partidos profesionales de falsas batallas épicas bajo la borrasca son una circunstancia casi anecdótica. Ya no quedan estadios donde el pasto se convierta en un lodazal, las medidas de seguridad —y con razón— llevan a suspender el encuentro en cuanto la tempestad toma luces de diluvio, y los avances en los sistemas de drenaje permiten que los terrenos de juego se encharquen lo justo. Por todo eso, es necesario que la AFA escuche los ruegos de Maradona: solo él, lanzándose de barriga al césped del Monumental, en plena tempestad con Palermo coronado por Neptuno como su hijo en la Tierra, nos puede traer de vuelta la magia de bailar bajo la lluvia.

 

Juan Pablo Pablo.